Cayendo el atardecer, las Salinas del Gualicho devuelven una paleta de colores rica en matices, las texturas van cambiando con la velocidad con la que se pone el sol; la inmensidad blanquecina, las formas caprichosas que deja la erosión del suelo, la ausencia de caminos y de sonidos generan una desubicación tempo-espacial. No hay límite, no hay principio ni fin.
Las Salinas del Gualicho son una depresión natural de 72 metros bajo el nivel del mar ubicadas a 35 kilómetros de San Antonio Oeste, en la provincia de Río Negro. Con una superficie de 430 kilómetros cuadrados, es la más grande de la Argentina y la segunda de Sudamérica. Se trata de una salina de cosecha, que está bajo la administración de la Dirección General de Minería. Durante el invierno, en época de lluvias, se la ve cubierta de agua como si fuera una laguna. Al promediar la primavera las salinas empiezan a secarse, y llegando a diciembre comienza la cosecha, con temperaturas diurnas de hasta 60 grados.
Según la leyenda, el Gualicho –conocido también como Gualichú, Walichú, Hualicho o Gualitxo– es, en la mitología mapuche y en la cultura tehuelche, un espíritu o ser maligno que se caracteriza por provocar daños y enfermedades, la representación de todos los males. Con la conquista española los evangelizadores asociaron al Gualicho con el Diablo, y en la actualidad se ha desvirtuado como tal y se ha resignificado como maleficio.
Se dice que el Gualicho habitó en las cuevas patagónicas; se dice también que para protegerse de su poder maléfico debía rendirse tributo al Árbol de Gualicho, situado a la vera del camino, ofrendándole trapos obtenidos de las propias prendas y bolsas con piedras pequeñas. Se hace mención a uno ubicado sobre la orilla sur del Río Negro; sus coordenadas aproximadas son una depresión bajo el océano llamada Gran Bajo el Gualicho, en cuyo fondo se extiende la inmensa Salina del Gualicho.